¿Qué escuchamos cuando un niño llega a consulta?
Muchas veces los niños no dicen con palabras aquello que les ocurre. Lo expresan a través de su conducta, sus juegos, sus dificultades en el aprendizaje, sus miedos, su inquietud o incluso mediante síntomas del cuerpo.
Un síntoma no es solo un problema a corregir
Cuando un niño llega a consulta, casi nunca llega por decisión propia. Llega porque alguien —los padres, el colegio, un pediatra— notó algo que preocupa: no duerme, no quiere ir al colegio, pega, se aísla, se hace daño, volvió a mojar la cama, no aprende como se espera.
La primera tentación, comprensible, es tratar ese algo como una falla que hay que corregir cuanto antes. Nosotros partimos de otro lugar: lo que vemos en la conducta de un niño no siempre habla de un problema. A veces habla de una forma de expresar lo que aún no puede poner en palabras.
Detrás de muchos síntomas hay preguntas, emociones y modos de aprendizaje que merecen ser escuchados antes de ser corregidos.
El juego como palabra
Un niño de cinco años rara vez va a explicar que está angustiado porque sus papás discuten de noche. Pero puede jugar veinte veces seguidas a que un auto choca contra otro. Puede dibujar una casa sin puertas. Puede volverse el niño más portado del curso, o el más insoportable.
En la clínica con niños, el juego no es un recreo antes de la conversación seria: es la conversación. A través del juego y del dibujo se construye un tratamiento adaptado a la singularidad y al síntoma de cada joven paciente, respetando el momento vital y subjetivo en que se encuentra.
¿Y qué lugar tienen los padres?
Uno central. No trabajamos con el niño como si viniera de ninguna parte: la familia, la escuela y las instancias sociales tienen un papel decisivo en su desarrollo y su bienestar. Por eso mantenemos entrevistas con los cuidadores, y cuando el tratamiento lo requiere nos coordinamos con el colegio mediante informes y reuniones.
Eso no significa que se cuente todo lo que el niño dice en sesión. El espacio del niño es suyo, y sostener esa reserva es parte del tratamiento. Lo que se comparte con los adultos se acuerda, y tiene que servirle a él.
¿Cuándo consultar?
No hace falta esperar a que la situación sea grave. Vale la pena consultar cuando algo que antes funcionaba dejó de funcionar y no vuelve solo después de unas semanas: el sueño, la comida, el ánimo, el rendimiento, las ganas de estar con otros. También cuando el malestar del niño empezó a organizar la vida de toda la casa.
Una primera entrevista no compromete a un tratamiento largo. Sirve, sobre todo, para escuchar qué está pasando y decidir juntos si hace falta algo más.
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