Cuando el consumo alivia pero no resuelve
El consumo puede ofrecer un alivio momentáneo, pero rara vez resuelve aquello que lo impulsa. Desde una perspectiva psicoanalítica, el desafío no es solo dejar una sustancia o una conducta, sino abrir la posibilidad de encontrar otras formas de hacer con el malestar.
El consumo hace algo, y por eso vuelve
Antes de preguntarse cómo dejarlo, vale la pena preguntarse para qué sirve. Porque sirve para algo: calma una angustia, permite dormir, hace tolerable una reunión, apaga un pensamiento que no para, sostiene un ánimo que sin eso se derrumbaría.
Ese alivio es real. No es un error de cálculo ni una falta de voluntad. Es una solución —costosa, y a la larga destructiva, pero solución al fin— frente a algo que se hacía insoportable.
Si solo se retira la solución sin escuchar el problema, lo que vuelve suele ser peor, o vuelve en otra forma.
Por eso la voluntad no alcanza
Muchas personas llegan a consulta después de varios intentos de dejar por decisión propia. El fracaso repetido termina por confirmar una idea dolorosa: que uno es débil, que no puede, que el problema es de carácter.
El psicoanálisis parte de otro supuesto. No se trata de reforzar la voluntad, sino de averiguar a qué responde el consumo en la historia de esa persona en particular. Qué angustia calma, en qué momento apareció, con qué escena está enlazado.
No hay un tratamiento igual para todos
No abordamos igual a quien bebe todos los días desde hace veinte años, a quien tiene atracones dos veces por semana, a un adolescente que fuma marihuana desde los catorce, o a alguien que no puede parar de mirar la pantalla en la noche. Aunque los cuatro puedan describirse como consumo, lo que ese consumo hace en cada vida es distinto.
Por eso el tratamiento se construye caso a caso, y con frecuencia se coordina con otras instancias —médicas, familiares, institucionales— cuando el cuadro lo requiere.
Un tratamiento posible
La apuesta no es reemplazar un objeto por otro, ni prometer una vida sin malestar. Es que aparezcan otras formas de arreglárselas: algo que se pueda decir, hacer, escribir, trabajar o querer, y que ocupe el lugar que hoy ocupa el consumo.
Eso toma tiempo, y no ocurre por consejo. Ocurre cuando alguien empieza a escucharse decir cosas que no sabía que pensaba.
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