El duelo no siempre es por una muerte
El duelo no siempre aparece frente a la muerte de un ser querido. También podemos hacer duelo por una relación, una etapa de la vida, un proyecto, un lugar, una nacionalidad o una versión de nosotros mismos que ya no está.
Duelos que no tienen funeral
Hay pérdidas que la sociedad reconoce y acompaña: se avisa en el trabajo, hay días libres, alguien trae comida. Y hay otras que nadie nombra. Quien emigró y perdió su idioma cotidiano. Quien terminó una relación de años que nadie consideraba seria. Quien dejó una carrera. Quien recibió un diagnóstico y perdió el cuerpo que daba por seguro.
Esas pérdidas duelen igual, pero además tienen que justificarse. Y una parte del sufrimiento viene justamente de ahí: de no tener permiso para estar mal.
Por qué duele: el deseo y la falta
Desde una lectura psicoanalítica, el deseo nunca se dirige a un objeto plenamente disponible. Algo de la falta es condición para que el deseo exista. Si todo pudiera permanecer para siempre, ¿qué lugar tendría el deseo?
El duelo nos enfrenta a esa paradoja: perder es doloroso, y a la vez es lo que mantiene abierto el deseo.
Eso no vuelve la pérdida deseable ni la convierte en una lección. Pero explica por qué el duelo no es un trámite que se completa, sino un trabajo: hay que hacer algo con lo que ya no está, y ese algo es distinto para cada quien.
Hacer lazo implica consentir a una pérdida
Domenico Cosenza, en su texto Clínica del exceso, nos invita a pensar que para encontrar un lugar en el vínculo social es necesario que algo del goce pueda ceder. Hacer lazo con el Otro implica también consentir a una pérdida.
El destete es una de esas primeras experiencias: algo se pierde, y en ese mismo movimiento se abre la posibilidad de otra cosa. La vida adulta repite esa estructura muchas veces.
¿Cuándo un duelo necesita ayuda?
No hay un plazo correcto. Pero conviene consultar cuando el dolor deja de moverse: cuando pasan los meses y nada cambia, cuando la vida cotidiana se detuvo, cuando aparece la idea de que no vale la pena seguir, o cuando la pérdida se volvió el único tema posible.
También cuando ocurre lo contrario: cuando no se siente nada, y esa ausencia de dolor empieza a inquietar. Ambas cosas se pueden trabajar, y en ninguna de las dos hay que arreglárselas solo.
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